Tenía yo diecisiete, aunque no por mucho más. La senda hasta mi mayoría de edad, pese a lo corto, se antojaba intenso. Iba a ser un camino de verdad, con sus baches y montañas, valles, riachuelos escondidos, flechas, albergues, sudor y cansancio. Y alegre. Aún no lo sabía. Conocía a medias a mis compañeros de viaje. Pero ahí estaba yo y me contentaba, por el momento, con vivir intensamente ese punto y coma del verano, en el que cambiaría, de nuevo, Madrid con otro punto del país. Aunque esta vez al norte, en un autobús bajo cielo lluvioso, renqueante y al que le deseábamos la mayor de las prisas. Me contentaba con verte y tratar de entenderte, entre sollozos, sabes de qué te hablo.
Tenías diecisiete tú también, aunque a ti te quedaba algo más de tiempo. En cinco minutos apenas dos ideas principales pero un montón de risas. Te repetías, quizá porque lo sentías de verdad, tal vez porque tus pensamientos eran en ese momento muchos y muy complejos y deseabas compartirlos con nosotros; deberías de haberte sentido tranquila, pues nosotros te comprendíamos y supimos llenar de significado tus palabras y tus lágrimas, tan llorona tú.
Teníamos diecisiete y ahora, fíjate tú, vamos por la veintena. Ya no lloramos. Pero sólo porque la certeza del reencuentro es capaz de eliminar esos atisbos de dudas, esos "¿la volveré a ver?", "¿volveremos a reírnos?", "¿se acaba esto aquí?". Ya conocemos la respuesta. Lo supe en aquella estación de metro de Madrid, cuando me pasé una parada para despediros en la correspondencia entre la uno y la seis, o la azul y la gris, pues cada uno tiraba para un lado. Paula y tú seguísteis y sentimos, más que nunca, que aquello sólo era un "hasta luego". No nos equivocamos.
Sigo considerando aquella porción de mi vida, desde aquél trece de abril hasta final de año, como la mejor de mi andadura. Admiré con sorpresa como mi vida cambiaba, discurría por plácidos senderos, siempre bien acompañado y me depositaba, con firmeza, en otra gran etapa de mi existencia. De aquella porción de vida conservo preciados tesoros, gotitas de alegría que traspasan la barrera de los años y se han instalado aquí, en mi presente. Algunas de ellas las disfruto de cuando en cuando, en pequeñas dosis, como las cosas buenas. Ahí estás tú.
Sí, tenemos tres años más y lo cierto es que no parece que haya pasado tanto tiempo. Y sin embargo, ya quisieran muchos haber visto tanto mundo como nosotros. Y el caso es que no he visto nunca Murcia pero, no me expliques cómo, es como si conociera aquél lugar de toda la vida. Sé que no hay tantos pimientos: también tenéis cortijos y un gran centro comercial.
Me alegro de haber tenido algo de culpa para que todo ello fuera posible, para que, finalmente, siguiéramos viéndonos cada verano, escapándonos cada puente, ora aquí ora allá. Y me alegro, mucho más, de que tú también lo sintieras así y de que nunca pusieras reparo en echarte la maleta de Bart al hombro y coger el primer autobús a Dios sabe dónde. Porque allí, en aquel lugar y sea donde sea, puedes tener la certeza de que voy a estar esperando, para verte bajar y darte un achuchón.
Con diecisiete y con veinte. Hay cosas que nunca cambian.
Te mereces un buen día, un buen año, una buna década. Salpicadita de grandes vivencias, de increíbles momentos, de dulces pellizquitos de lo que tan bien se nos da hacer. De lo primero que se encarguen los tuyos, los que pueden -bendita suerte- verte a diario y compartir en directo tus cosas. Pero que me dejen lo último a mí, y me reiré con tus relatos y lo pondremos todo en práctica; con veinte y con veintiuno. Sea.
A las diez y treinta y cinco, ¿no? Felicidades, Laura.








