miércoles 30 de septiembre de 2009

Entonces diecisete, ahora...

Reabro el blog por ti; tal vez como cosa puntual, no sé; para que veas.

Tenía yo diecisiete, aunque no por mucho más. La senda hasta mi mayoría de edad, pese a lo corto, se antojaba intenso. Iba a ser un camino de verdad, con sus baches y montañas, valles, riachuelos escondidos, flechas, albergues, sudor y cansancio. Y alegre. Aún no lo sabía. Conocía a medias a mis compañeros de viaje. Pero ahí estaba yo y me contentaba, por el momento, con vivir intensamente ese punto y coma del verano, en el que cambiaría, de nuevo, Madrid con otro punto del país. Aunque esta vez al norte, en un autobús bajo cielo lluvioso, renqueante y al que le deseábamos la mayor de las prisas. Me contentaba con verte y tratar de entenderte, entre sollozos, sabes de qué te hablo.

Tenías diecisiete tú también, aunque a ti te quedaba algo más de tiempo. En cinco minutos apenas dos ideas principales pero un montón de risas. Te repetías, quizá porque lo sentías de verdad, tal vez porque tus pensamientos eran en ese momento muchos y muy complejos y deseabas compartirlos con nosotros; deberías de haberte
sentido tranquila, pues nosotros te comprendíamos y supimos llenar de significado tus palabras y tus lágrimas, tan llorona tú.

Teníamos diecisiete y ahora, fíjate tú, vamos por la veintena. Ya no lloramos. Pero sólo porque la certeza del reencuentro es capaz de eliminar esos atisbos de dudas, esos "¿la volveré a ver?", "¿volveremos a reírnos?", "¿se acaba esto aquí?". Ya conocemos la respuesta. Lo supe en aquella estación de metro de Madrid, cuando m
e pasé una parada para despediros en la correspondencia entre la uno y la seis, o la azul y la gris, pues cada uno tiraba para un lado. Paula y tú seguísteis y sentimos, más que nunca, que aquello sólo era un "hasta luego". No nos equivocamos.


Sigo considerando aquella porción de mi vida, desde aquél trece de abril hasta final de año, como la mejor de mi andadura. Admiré con sorpresa como mi vida cambiaba, discurría por plácidos senderos, siempre bien acompañado y me depositaba, con firmeza, en otra gran etapa de mi existencia. De aquella porción de vida conservo preciados tesoros, gotitas de alegría que traspasan la barrera de los años y se han instalado aquí, en mi presente. Algunas de ellas las disfruto de cuando en cuando, en pequeñas dosis, como las cosas buenas. Ahí estás tú.

Sí, tenemos tres años más y lo cierto es que no parece que haya pasado tanto tiempo. Y sin embargo, ya quisieran muchos haber visto tanto mundo como nosotros. Y el caso es que no he visto nunca Murcia pero, no me expliques cómo, es como si conociera aquél lugar de toda la vida. Sé que no hay tantos pimientos: también tenéis cortijos y un gran centro comercial.


Me alegro de haber tenido algo de culpa para que todo ello fuera posible, para que, finalmente, siguiéramos viéndonos cada verano, escapándonos cada puente, ora aquí ora allá. Y me alegro, mucho más, de que tú también lo sintieras así y de que nunca pusieras reparo en echarte la maleta de Bart al hombro y coger el primer autobús a Dios sabe dónde. Porque allí, en aquel lugar y sea donde sea, puedes tener la certeza de que voy a estar esperando, para verte bajar y darte un achuchón.


Con diecisiete y con veinte. Hay cosas que nunca cambian.


Te mereces un buen día, un buen año, una buna década. Salpicadita de grandes vivencias, de increíbles momentos, de dulces pellizquitos de lo que tan bien se nos da hacer. De lo primero que se encarguen los tuyos, los que pueden -bendita suerte- verte a diario y compartir en directo tus cosas. Pero que me dejen lo último a mí, y me reiré con tus relatos y lo pondremos todo en práctica; con veinte y con veintiuno. Sea.


A las diez y treinta y cinco, ¿no? Felicidades, Laura.

miércoles 31 de diciembre de 2008

Un año más

"Cambiamos de año pero no cambia el tiempo..."


Decían en las noticias hoy, antes de dar paso a la sección del tiempo. Sí, es cierto, tal vez no cambie el tiempo -no tiene pinta-, pero es que tampoco cambiarán muchas de las cosas de nuestro alrededor...

El espacio entre el año que sale y el que entra es tan corto como la última uva, como el tiempo que tarda el sonido de la última campanada en apagarse. No existe, ni siquiera, un espacio de un segundo en el cual puedas pararte a mirar cómo fue aquel año que ya se ha ido y admirar el año que va a empezar, antes de zambullirnos en él. La vida nos obliga a un cambio rápido, tan continuo que, inevitablemente, nos hará ver que las sensaciones del nuevo año son bastante parecidas a la del año que imperaba en el segundo anterior... Pero es que no es importante ese segundo, la última campanada no es más importante que una que suene en medio de una calurosa tarde de verano, o aquella otra, en una fresca mañana de marzo.

Lo que diferencia este momento del resto de campanadas de nuestro discurrir es ese vistazo atrás de unos momentos antes, son los deseos para el año nuevo, es, en definitiva, una nueva oportunidad para aquellos sueños a realizar que se nos quedaron en el tintero, y para otros que no nos habíamos planteado pero que estaban ahí, dentro de nosotros. El empezar de nuevo, aunque todo siga igual y el tiempo no vaya a cambiar mañana, nos renueva como personas. Me gustaría repasar la lista de todo aquello que me propuse hace ahora un año, repetir en voz alta todos mi deseos y ver cuán bueno he sido; pero sé que, si realmente hubo algo que no cumplí, fue por poco, y que me puedo permitir dejarlo para el año siguiente. ¡Qué más darán los dos mil tal, si las ganas de crecer siguen estando intactas! ¡Qué más darán, si se es capaz de mantener tantos buenos deseos a lo largo del año, y a lo largo del conjunto de años al que solemos llamar vida!

Sólo deseo tener tantas ganas como tuve hace un año, como tuve ayer y he tenido hoy mismo, de que el año en el que vivo sea el mejor de todos.

Ahora queda celebrar que hemos podido renovar ese compromiso... por un año más.

Feliz año 2009.




Mecano - Un año más

jueves 25 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

"No, no me digas que no crees en la Navidad porque, amigo, no hay mucho donde no creer. Mira, se cree en Dios, en Alá, en la vida más allá de nuestro planeta, en las caras de Bélmez, en la niña de la curva, ... en las propiedades milagrosas del agua de Fátima, en los deseos pedidos al lanzar una moneda a la Fontana di Trevi, en la Sábana Santa, en las dietas-milagro, en David Copperfield... en que el hombre nunca llegó, en realidad, a la Luna, en que Walt Disney sigue congelado y era de Almería...

Pero, amigo, esto es algo palpable y que existe. No te dejes engañar, el motivo por el cuál estamos hoy de fiesta puede ser muy distinto, eso es cierto, pero lo estamos. Las luces de la calle, los villancicos, el bullicio de gente arriba y abajo, los puestecillos del centro, los regalos, la familia, tan cerca ahora... te darán una pista. No te hagas el duro, y déjate alcanzar por el espíritu de estas fechas. Sólo así me será posible hacer aquello por lo que he venido. Decirte eso que tantas veces vas a escuchar y que, seguro, te llenará de un algo muy parecido a la alegría por mucho que no creas en todo esto.

(...)


Sí, Feliz Navidad."



domingo 14 de diciembre de 2008

Cortylandia

¿En virtud de qué decidió el Corte Inglés colocar un Cortylandia en todas y cada una de las ciudades españolas a excepción de Málaga? Habrá que llamar al que mande por allí para enterarse.

El caso es que la lluvia era asturiana pero yo no andaba tan al norte. Ya se sabe, gotitas minúsculas que ni llegan a caer y, simplemente, flotan y se menean por los cielos, chocándose con las caras de las personas por absoluta casualidad. El resultado: una sensación de frío cosquilleo permanentemente agradable y a la vez inquietante para aquellos no tan acostumbrados a precipitaciones que no caen desde arriba.

El gentío se apiñaba por las calles y era imposible andar. No hay más centro en el centro de Madrid que la Puerta del Sol, y eso debe de notarse. La excesiva abundancia de carritos de bebé permitía una espinilla enganchada en ruedecita cada diez segundos, que bastante liada estaba la cosa como para ir mirando para otro lado que no fuera delante. Buscábamos uno de los muchos Corte Inglés que hay por la zona y, la verdad sea dicha, no teníamos ni idea, pero todo sea por Cortylandia, por supuesto.

Tres o cuatro madrileños -señora eufórica incluida- nos guiaron y conseguimos llegar a la muchedumbre máxima, aquella de trillones de niños montados en los hombros de papá, al estilo cabalgata pero sin paraguas dados la vuelta, y gitanillos montados en contenedores -cosa extraña en Madrid, creía yo-. El show de Cortylandia había comenzado y mi, todavía, infantil mente consiguió ver un conjunto de gnomos, hadas, duendes y demás bichos deliciosamente siniestros meneándose bajo los acordes pegadizos de una canción infantil. "Cortylandia, Cortylandia..." rezaba la susodicha, en todo un alarde de virtuosismo compositivo. La corty-fachada de los grandes almacenes se apagó, quizá hasta dentro del cuarto de hora siguiente.


Madrid absorbe al visitante de esta manera. Y puesto que me encanta, no puedo más que dejarme llevar por los bamboleos de sus viejas señoras hablando con multitud de eses, de camino al metro. Aquí, como mucho, se van a coger el tres. Las de allí, sin embargo, no creo que sepan mucho cómo es el paisaje desde su casita hasta el centro, ellas se lo pierden.

Pero nosotros éramos aún jóvenes, no viejos y, más que nunca, los de siempre. Aún jóvenes como aquella vez que nos aventuramos a recorrer los caminos del norte, buscando al Apóstol. Sólo faltaron Carlos, Jorge y Leire, pero el resto pudimos recordar las historias de todos, ésas que hace nos marcaron hace más de un año y que siempre acaban por salir. Aunque ya nos las sabemos de sobra.


Me admiro por la seguridad con la que decidí meterme en un tren para Madrid sin tener del todo claro que debiera hacerlo, hoy, sé que si no lo hubiera hecho, estaría muy cabreado con mi exceso crónico de Pepito Grillo. Pero los trenes, y nunca mejor dicho, pasan sólo una vez y no cogerlos suele ser pecado, como diría Salvador.


Acostumbrados como solemos a grandes temporadas juntos, quizá un par de días nos supo a poco. Pero fue más que suficiente para renovar esa promesa, la que sobrevivirá a otro cambio de año más y que ha de permitirnos, seguro que antes del próximo verano, vernos de nuevo. En aquella estación del metro donde fuimos a despedirnos, ellas porque iban a la estación de bus de Méndez Álvaro y yo por haberme hecho el tonto un poco y haberme saltado el transbordo con la línea 1 que me llevaría a Atocha, descubrimos que ya llevamos muchos hasta luego. Y que no deben de doler tanto, porque ya estamos seguros de volver a vernos. Así que, mientras me alejaba y miraba a Laura y Paula saliendo por el torno extraño con gran soltura, no hice más que pensar que dentro de poco estaremos, de nuevo, pateándonos los subsuelos madrileños, juntos. Y también las superficies, ya sea de camino al chino para que nos cambien la bebida defectuosa, haciendo botellón bajo el faro de Moncloa, buscando un arbolito de Navidad cerca del Palacio Real, arbolito que resultó ser un matojo con luces, o jugando al juego de las preguntas.

El caso será volver a estar con vosotros, ya sea durmiendo en casas-servicio con cartones en las ventanas y muñecas diabólicas o en el más gatuno de los alberges, con pulseritas metálicas.

Simplemente, nos vemos en la próxima. Me encantó pasarme por Madrid.

Por cierto, de Méndez Álvaro fue de donde salimos para Astorga, espero que recordárais aquellos primeros momentos...

viernes 5 de diciembre de 2008

Hoy cocino yo

Receta para no dejar nunca de ser joven: pequeños pellizquitos de aquello bueno que traía el pasado. Porque aún sigo siendo un poco preuniversitario y, entre tanta maqueta en poco tiempo comprimida, no me he enterado mucho de ya en qué mundos me muevo. Y si hace nada que estaba allí, me veo capaz de seguir yendo.


Lo que los dioses se empeñaban antes en colocar en tu planning, hoy lo quitan de tu puente. Y tal vez, gran parte de esa culpa la tengan los ochenta valientes que, un día, decidieron quedarse en casa, armados de valor. Hoy tenemos mucho más que hacer en grupo y un horizonte bonito, claro, plano. Que esto sea un punto de inflexión. Y poder disfrutar trabajando. Si no, sólo seremos felices lejos de lo que, se supone, más nos tiene que gustar. Hacer proyectos tranquilos, con buen ritmo pero sin prisas, recreándonos en cada pliegue, en cada espacio logrado.



Receta para no dejar nunca de ser niño: pequeños pellizquitos de lo bueno que había en ese pasado, aún, si cabe, más lejano. Ver a los tuyos, porque siguen siendo tuyos, en una fresquita tarde de diciembre. Pasar a tomar algo allí dentro, que se está más calentito, y dejar que nuestras carcajadas guíen el torrente de recuerdos. Hoy se harán presentes, actuales. Y nuestras risas sonarán a niño chico, a querer ser grande; hoy ya lo somos.

Echo de menos esas castañas. No puede ser que aún no las haya probado, este invierno. Eso me hace pensar, más que ningún otra cosa. Sin tiempo para castañas, para ver el vaho disolverse frente a mi mirada, con el fondo lleno de los puntitos luminosos de aquellos adornos navideños, mientras camino con mi padre y mi hermano hablando de mil cosas. Siempre tuve miedo de que me volviera a aparecer aquél gusano, y deshacía mi castaña entre los dedos, cuán caliente estaba, preo la seguridad era lo primero. En esta era del AutoCAD, no sé si las castañas siguen trayendo gusanitos incorporados, tendré que estar al tanto.

Receta para no dejar nunca de ser quien quieras ser: encontrar en cada día un pequeño proyecto. En cada día de esos del montón, de los que se piensa que tampoco tienen mucha importancia en el transcurso de una vida. Porque esos también están contados y serán, al final, lo que recordaremos al pensar qué éramos. Cómo éramos. Todos acabamos teniendo rutina. Bella rutina. Por ello, cada día es un proyecto en el cual lo importante es levantarse feliz y acabar tal y como hemos empezado. Lo que hagamos en medio, ya se verá, pero eso hay que lograrlo.

Receta para el proyecto de mañana: un oso y un madroño.

jueves 20 de noviembre de 2008

Bombas, bombas

Mientras van pasando la una, las dos y las tres, justo antes de las cuatro y de unas cinco que, irremediablemente y sin mucho más panelado, también llegarán, suena algo así de fondo...



Chimbo Bayos - Bombas


Mejor bailar, cantar y proyectar en el taller que hacer sólo eso último y en casita, esa es la filosofía. Filosofía que nace de la idea de que una carrera tan absorbente puede dejarte fácilmente sin amigos. El año pasado era más fácil, el conservatorio me obligaba a estar en contacto con todos aquellos músicos de muy buena gana y el insultantemente mínimo tiempo libre del que disponía era bien empleado por mi parte en una pizquita de vida social. Hoy no tengo ni lo uno ni lo otro. Ni música en mi vida, en virtud de mi decisión de no continuar que, visto lo visto este año, se habría convertido en obligación; ni un rato libre después de las clases, o antes de ellas, o en el transcurso de aquello que sigue llamándose fin de semana pero que podría situarse enmedio, perfectamente.

Este año es diferente.

Y por algo así creo que me gusta eso de ir al taller. Es el pequeño reducto social que, de seguir así las cosas, me va a quedar.

¿Merece la pena? La pregunta suele aparecer, con un pelín de mala leche, en alguna que otra noche de esas que rondamos el taller. Perder cinco años en esto... Bueno, no se pierden, sería injusto para la arquitectura que, al fin y al cabo, es lo nuestro. Pero... Tanto panel, tanta maqueta, para una correción de cinco minutos con nota incluída. ¿Dónde quedan los Wright que, un ratico antes de que venga su cliente, saca una Casa de la Cascada y convence? Nosotros, para muchísimo menos, necesitamos cuatro días con sus noches. O cuatro noches, con sus días.

Ahora estoy sentado frente al ordenador y quizá no debería. Porque, sí, ayer fue la entrega y ahora miso soy un poco más libre, pero sólo un poco, ese es el problema. Esta noche habrá más. Más música de fondo, más bombas, bombas. Más ojos que pican, discusiones constructivas, "méteme la planta en el Pen" o "dáselo a Curro para que lo ponga en el panel"; menos horas de sueño para un cuerpo que, con dormir más de cinco horas, ya comienza a sentirse bien y a conformarse. Eso es malo. Pero es lo que hay.

Y volverán a pasar la una, y las dos y las tres... y un fin de semana, y dos y tres, mientras llega el cuarto y se intuyen el quinto y el sexto, sin amigos, sin fiesta. Al menos, fuera del taller.

jueves 30 de octubre de 2008

Había una vez...

Había una vez una carrera que me absorbía todo el tiempo del que disponía... y más...

lunes 20 de octubre de 2008

¿Quién decide?

Cuando entré, tenía un concepto bastante distinto de todo esto. Me basaba en lo que se podía ver por la calle, en lo que sabía que se estaba gestando, en lo gustaba a la gente común, en lo que parecía lógico.

Me extrañaron, entonces, dos cosas: no había catedrales. Y todo eran casas. Luis a la cabeza, nos hablaron de unos señores de principios del siglo XX que se dedicaban a esto sin haber estudiado mucho que digamos. Hacían casas viejas. Mal acabadas, antiguas, con esos muebles tan viejos, todo blanco, eso sí. O colgaban un techo sobre cuatro pilares y, hala, a vivir debajo. Cualquiera...

Pero aquello que hacían era muy bueno y hermoso y nuestras esponjosas mentes consiguieron pasar de un "bueno, será que eran buenos edificios para la época" a "éste es el camino". Conseguí trascender un poco a lo efímero y superficial de todo aquello y quedarme con la maestría más básica. Pero, al tiempo y sin embargo, en mi mente se creaba la idea de que todo lo posterior era malo. Lo contemporáneo, basura sin fundamento. Algo a evitar, una horterada. Caca. "¿Qué había más allá de aquella forma de proyectar?" Esas son ideas peligrosas, parecía responderme. Si el camino era ese.

Por supuesto que seguía habiendo buenos ejemplos en nuestros días, pero se trataba de acabados blancos, de ventanas "a lo Corbu", y poco más. Ni mucho vidrio y nada de metal. Más que en alguna estructurilla, si eso.

Hasta que la necesidad de conocer a fondo todos y cada uno de los materiales con los que el ser humano ha tratado de construir y lo ha logrado con cierto arte nos abrió un poco la mente. ¿Plástico? ¿Tanto vidrio? ¿Planchas de metal? ¿Colores? ¿Qué es esto?

De buenas a primeras todo ha cambiado y todos ven bonito lo que antes era hortera. Se aprecia buen hacer y criterio en nuestra obra actual y todo parece ser como al principio. Aunque no del todo. La obra de los maestros sigue siendo buena por ser de esos maestros, si algo está mal es porque él lo quiso así y entonces ya está no sólo bien sino que requetebien. En cuestiones de los grandes la cosa no ha cambiado mucho, el nombre es una marca.

¿Qué ha pasado? Si nos dicen A es A, pero si dicen B, es B.

¿Por qué lo que antes era bueno ahora no? ¿Qué ha cambiado en todo esto?


Y si esto es sólo un botón de muestra... sólo lo que me ha ocurrido en un año de arquitectura... qué no habrá podido pasar con el resto de cosas del mundo. ¿Quién decidió qué tipo de música es buena y cual no? ¿Quién cómo vestirse? ¿Por qué un traje es elegante y no un chándal -por poner un ejemplo, todos me entendéis-?

Y lo peor, ¿quién establece el sistema? ¿Quién decide qué está bien y qué mal? ¿Pueden cambiar las tornas, guiados seguramente por un cambio de criterio que nos informará de que lo estábamos haciendo mal? ¿Será injusto, entonces, que pongamos cara de tontos?

Me imagino a un señor rico con una copa en la mano y un puro en el otro dictando, poco a poco y a base de volátiles criterios depositados en nuestras mentes, el curso de la Historia.