Edificio Seagram, de Ludwing Mies van der Rohe.
"Ornamento y delito", decía Adolf Loos.
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En aquellos momentos, el pueblo más bajo no entendía. Nada, y mucho menos de democracia. No concebían cosa alguna fuera del más servil vasallaje; servían al rey, al noble, al señor de las tierras, al cura, al que pasara por allí. Se morían por tener a alguien que les dijera qué hacer.
Si ya incluso en el siglo XIX arrastraban la carreta en la que Fernando VII se dirigía, de nuevo, a su trono; a eliminar todo atisbo de democracia, a ser, de nuevo, monarca absoluto... Qué menos un puñado de siglos antes.
Y querían que les dijeran qué hacer, pero también cómo hacerlo. Un instructor mediático, un Pepito Grillo inquisidor e inflexible, un conjunto de normas, de leyes, de castigos. Sin la amenaza del infierno no cumplirían penitencia, sin la obligación de asistir a los ritos no escucharían de pasada aquel conjunto de buenas y lógicas intenciones -escondidas tras el velo de las parábolas, de las interpretaciones, de los símbolos- ... Todo era bueno, en el fondo, hablaban de paz y amor, de respeto al prójimo, de ayudar, de tolerancia, de hacer el bien, de amarnos los unos a los otros.
Pero el rito dejó de ser el medio para ser el fin, la opción pasó a ser obligatoria y el castigo, físico. A nadie le convenía tener un pensamiento distinto de aquel órgano que regía el mundo. Sí, eran poderosos, venían a mostrar las bondades de la vida y acabaron instalándose en un trono de terror.
Así pasaron los años, y yo ahora me pregunto... ¿qué es la religión sino el modo de vivir más correcto? Creo en el respeto y la igualdad, en la tolerancia y en la paz. ¿Por qué... si el que está a mi lado piensa lo miso, actúa igual, pero su religión se llama de otra manera, va a ser malo? ¿Para qué convertirlo, si hablamos de lo mismo?
Para mí la religión no son ni los ritos ni las ostentosas formas, llenas de ornamento. La religión es la excusa de entonces, y la necesidad de nuestros tiempos, de vivir en comunidad de la forma correcta. Me da igual cómo lo llamen en cada parte del mundo, si en el fondo es lo mismo.
Y como todo parte del respeto, de la libertad, deberá entenderse esto como una mera opinión, no como un manifiesto contra el que nadie debiera sentirse ofendido...
No sé por qué no pueden casarse un protestante y un católico, si ambos se aman y comparten valores. Cada uno asiste a un templo, cada uno tiene sus ritos, no comparten el ornamento, pero... ¡bah! ¡se aman! ¿para qué más? Y aún así ven aquello como una insalvable barrera.
Si existía un cielo para los perros -y otro para los periquitos, supongo-, ojalá lo haya para personas dudosas de buen corazón que no saben adecuar sus creencias a ninguno de los 'paquetes' que las religiones ofrecen. Porque se está en todo o en nada, no se es cristiano a medias, me decían. Y yo dudo. Mientras me aclaro, seguiré fiel a mi religión primera, aquella que me ayuda a convivir con la Tierra, las personas y conmigo mismo.
Menos es más.
"Ornamento y delito", decía Adolf Loos.
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En aquellos momentos, el pueblo más bajo no entendía. Nada, y mucho menos de democracia. No concebían cosa alguna fuera del más servil vasallaje; servían al rey, al noble, al señor de las tierras, al cura, al que pasara por allí. Se morían por tener a alguien que les dijera qué hacer.
Si ya incluso en el siglo XIX arrastraban la carreta en la que Fernando VII se dirigía, de nuevo, a su trono; a eliminar todo atisbo de democracia, a ser, de nuevo, monarca absoluto... Qué menos un puñado de siglos antes.
Y querían que les dijeran qué hacer, pero también cómo hacerlo. Un instructor mediático, un Pepito Grillo inquisidor e inflexible, un conjunto de normas, de leyes, de castigos. Sin la amenaza del infierno no cumplirían penitencia, sin la obligación de asistir a los ritos no escucharían de pasada aquel conjunto de buenas y lógicas intenciones -escondidas tras el velo de las parábolas, de las interpretaciones, de los símbolos- ... Todo era bueno, en el fondo, hablaban de paz y amor, de respeto al prójimo, de ayudar, de tolerancia, de hacer el bien, de amarnos los unos a los otros.
Pero el rito dejó de ser el medio para ser el fin, la opción pasó a ser obligatoria y el castigo, físico. A nadie le convenía tener un pensamiento distinto de aquel órgano que regía el mundo. Sí, eran poderosos, venían a mostrar las bondades de la vida y acabaron instalándose en un trono de terror.
Así pasaron los años, y yo ahora me pregunto... ¿qué es la religión sino el modo de vivir más correcto? Creo en el respeto y la igualdad, en la tolerancia y en la paz. ¿Por qué... si el que está a mi lado piensa lo miso, actúa igual, pero su religión se llama de otra manera, va a ser malo? ¿Para qué convertirlo, si hablamos de lo mismo?
Para mí la religión no son ni los ritos ni las ostentosas formas, llenas de ornamento. La religión es la excusa de entonces, y la necesidad de nuestros tiempos, de vivir en comunidad de la forma correcta. Me da igual cómo lo llamen en cada parte del mundo, si en el fondo es lo mismo.
Y como todo parte del respeto, de la libertad, deberá entenderse esto como una mera opinión, no como un manifiesto contra el que nadie debiera sentirse ofendido...
No sé por qué no pueden casarse un protestante y un católico, si ambos se aman y comparten valores. Cada uno asiste a un templo, cada uno tiene sus ritos, no comparten el ornamento, pero... ¡bah! ¡se aman! ¿para qué más? Y aún así ven aquello como una insalvable barrera.
Si existía un cielo para los perros -y otro para los periquitos, supongo-, ojalá lo haya para personas dudosas de buen corazón que no saben adecuar sus creencias a ninguno de los 'paquetes' que las religiones ofrecen. Porque se está en todo o en nada, no se es cristiano a medias, me decían. Y yo dudo. Mientras me aclaro, seguiré fiel a mi religión primera, aquella que me ayuda a convivir con la Tierra, las personas y conmigo mismo.




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