viernes 5 de diciembre de 2008

Hoy cocino yo

Receta para no dejar nunca de ser joven: pequeños pellizquitos de aquello bueno que traía el pasado. Porque aún sigo siendo un poco preuniversitario y, entre tanta maqueta en poco tiempo comprimida, no me he enterado mucho de ya en qué mundos me muevo. Y si hace nada que estaba allí, me veo capaz de seguir yendo.


Lo que los dioses se empeñaban antes en colocar en tu planning, hoy lo quitan de tu puente. Y tal vez, gran parte de esa culpa la tengan los ochenta valientes que, un día, decidieron quedarse en casa, armados de valor. Hoy tenemos mucho más que hacer en grupo y un horizonte bonito, claro, plano. Que esto sea un punto de inflexión. Y poder disfrutar trabajando. Si no, sólo seremos felices lejos de lo que, se supone, más nos tiene que gustar. Hacer proyectos tranquilos, con buen ritmo pero sin prisas, recreándonos en cada pliegue, en cada espacio logrado.



Receta para no dejar nunca de ser niño: pequeños pellizquitos de lo bueno que había en ese pasado, aún, si cabe, más lejano. Ver a los tuyos, porque siguen siendo tuyos, en una fresquita tarde de diciembre. Pasar a tomar algo allí dentro, que se está más calentito, y dejar que nuestras carcajadas guíen el torrente de recuerdos. Hoy se harán presentes, actuales. Y nuestras risas sonarán a niño chico, a querer ser grande; hoy ya lo somos.

Echo de menos esas castañas. No puede ser que aún no las haya probado, este invierno. Eso me hace pensar, más que ningún otra cosa. Sin tiempo para castañas, para ver el vaho disolverse frente a mi mirada, con el fondo lleno de los puntitos luminosos de aquellos adornos navideños, mientras camino con mi padre y mi hermano hablando de mil cosas. Siempre tuve miedo de que me volviera a aparecer aquél gusano, y deshacía mi castaña entre los dedos, cuán caliente estaba, preo la seguridad era lo primero. En esta era del AutoCAD, no sé si las castañas siguen trayendo gusanitos incorporados, tendré que estar al tanto.

Receta para no dejar nunca de ser quien quieras ser: encontrar en cada día un pequeño proyecto. En cada día de esos del montón, de los que se piensa que tampoco tienen mucha importancia en el transcurso de una vida. Porque esos también están contados y serán, al final, lo que recordaremos al pensar qué éramos. Cómo éramos. Todos acabamos teniendo rutina. Bella rutina. Por ello, cada día es un proyecto en el cual lo importante es levantarse feliz y acabar tal y como hemos empezado. Lo que hagamos en medio, ya se verá, pero eso hay que lograrlo.

Receta para el proyecto de mañana: un oso y un madroño.