Se llamaba... ¿cómo era? Barcelona ¡Sí! Eso es, Barcelona se llamaba.
Barcelona dormía tranquila, noche tras noche, y día tras día se levantaba para afrontar su rutina, alegre rutina bajo el Sol... Como tranquila dormía aquella noche, la del 21 de julio, sin saber, sin llegar a sospechar siquiera, que algo vendría de lejos, de muy, muy lejos, para alterar su alegre rutina, para captar algo de su luz.
Desde entonces, Barcelona nunca fue la misma. Dicen los más viejos del lugar que ese algo que vino de lejos, bello y hermoso, inteligente y que hablaba mil idiomas, venía en realidad a quemar la ciudad.
Pero no fue así. Los visitantes, porque eran varios, decidieron patearse aquella ciudad tranquila y -puede ser- un poco sosa hasta el momento para encontrar los mejores rincones y, efectivamente, hacerlos suyos. Llenarlos de su alegría, de sus risas. De sus fotos y de sus palabras, oh, extrañas palabras de idiomas venidos de lejos. Y la ciudad se llenó de alegría, de una alegría verdadera, y todo era felicidad con ellos. Ardió, ¡vaya que si ardió!, con el fuego de su arte y su salero.
Y por las noches no pudo dormir tranquila, sino que permaneció atenta, con un ojo medio abierto, mientras oía un elegante y múltiple taconeo y un rítmico y viril paso masculino caminar por sus calles, descubriendo otra serie de rincones que prendieron con ese fuego fatuo que nunca se acaba y que sólo ellos saben hacer...
Barcelona nunca llegó a ser la misma... no le dio tiempo a dar las gracias, no. Pero ahora es, dicen, otra ciudad, más bonita que nunca.
Por cierto, la fecha en que llegaron esos extraños visitantes fue... hum, un 22 de julio.