A las reglas que fueron escritas entonces, por qué hacerles caso ahora; por qué seguir sus costumbres, si los tiempos son otros; para qué ser antiguos, por qué ser ciegos ante cada evidencia, si somos hijos de nuestro tiempo, si nos toca comenzar a vivir a nosotros, si podemos ser sinceros y decir lo que hay, que ya nada es igual, ni nadie es igual a nadie...
Resulta que, efectivamente, allí entre la playa nudista más cercana que conozco, al sur; la autovía con su largo puente, al norte; un montón de edificios por hacer, en obras, recién acabados o que involucionan -véase el estadio de atletismo, ahora sin visera- al oeste y Guadalmar, al este -sí, aquella urbanización que tanto tuvo que ver en que se cargaran lo que yo de chico llamaba 'el Bosque', o conjunto de árboles que rodeaban la desembocadura natural del río Guadalhorce y que fueron talados para poder reconducir aquel río lejos de aquellas casitas-, existe una reserva natural.
Se llama reserva natural Desembocadura del Guadalhorce, creo recordar, y es el hábitat de un buen número de aves que -intento explicarlo desde mi completa ignorancia ante estos temas, pido disculpas por adelantado si la pifio- disfrutan de un entorno semi-acuático con tranquilas lagunas y aguas poco profundas, en general, como las que hay por aquellos lares.
Nuestro recorrido fue totalmente amateur. Con el agravante de que llamábamos "garza" a todo aquello que tenía patas largas y caminaba por el agua, nos dedicamos a recorrer una serie de sendas destinadas a tal fin, esquivando escarabajos. Mi hermano y yo intentábamos localizar rápidamente los que se aventuraban a cruzar por el camino, para avisar a mi padre. Él, a veces, los cogía y los colocaba al borde. Los pobres bichos no entienden que por ahí es peligroso pasar, igual que los caracoles que se atreven a salir al centro del Paseo Marítimo si ha chispeado un poco y me invitaban a salvarlos cuando yo iba a correr.
Cada montón de metros, cuando aparecía alguna laguna interesante a izquierda o derecha, nos encontrábamos con un observatorio de esos que andan camuflados, o que al menos permiten observar a las aves con cierta seguridad, banquitos y ventanas para poner los prismáticos. Un señor muy amable nos dejó ver por el suyo -mil veces mejor que el que yo me llevé- y nos dijo el nombre de todas las aves que por allí pasaban, e incluso si eran jóvenes o mayorcitas. Efectivamente, no es que fueran todo garzas, precisamente.
Y cuando algún avión pasaba y rugía como si estuviésemos dentro del motor, o las campanas de la iglesia, blanca iglesia cuyo campanario sobresale entre los árboles, repicaban, no podía dejar de pensar en que no todo iba a ser perfecto y que las aves, al menos, podían aprender a olvidarse de esos sonidos que tan difíciles son de oír en plena naturaleza. Por momentos yo también me olvidaba de que sólo estaba a un par de kilómetros de mi casa, pues cada recodo del manso río ofrecía un paisaje de esos que sólo se encuentran en los salvapantallas que pululan por Internet. El cielo se ponía rojo a medida que nos íbamos y las aves emprendían su camino, corto camino a su descanso. Existe un tesoro dentro de Málaga aún por conocer.Y me resultaba paradójico que eso estuviera ahí, tan separado del resto pero tan pegado al mismo tiempo, tan distinto, tan virgen...
Ya no hay bosque, ayer me lamenté más que nunca, más que aquel día que fui con mis padres, hace tantos años, y vi que todo estaba vallado, que había excavadoras. Las garzas entonces eran más grandes y las veías si correteabas entre los árboles, a mí me gustaban porque eran como aquel Zord, el del Power Ranger rosa, que era una garza con mala leche.
Y todavía no he ido al jardín de la Concepción. Me estoy perdiendo las pinceladas verdes de Málaga.
A todo le llamaba garza, pero lo de la foto es una cigüeñela. Las cosas por su nombre.










