Mientras van pasando la una, las dos y las tres, justo antes de las cuatro y de unas cinco que, irremediablemente y sin mucho más panelado, también llegarán, suena algo así de fondo...
Mejor bailar, cantar y proyectar en el taller que hacer sólo eso último y en casita, esa es la filosofía. Filosofía que nace de la idea de que una carrera tan absorbente puede dejarte fácilmente sin amigos. El año pasado era más fácil, el conservatorio me obligaba a estar en contacto con todos aquellos músicos de muy buena gana y el insultantemente mínimo tiempo libre del que disponía era bien empleado por mi parte en una pizquita de vida social. Hoy no tengo ni lo uno ni lo otro. Ni música en mi vida, en virtud de mi decisión de no continuar que, visto lo visto este año, se habría convertido en obligación; ni un rato libre después de las clases, o antes de ellas, o en el transcurso de aquello que sigue llamándose fin de semana pero que podría situarse enmedio, perfectamente.
Este año es diferente.
Y por algo así creo que me gusta eso de ir al taller. Es el pequeño reducto social que, de seguir así las cosas, me va a quedar.
¿Merece la pena? La pregunta suele aparecer, con un pelín de mala leche, en alguna que otra noche de esas que rondamos el taller. Perder cinco años en esto... Bueno, no se pierden, sería injusto para la arquitectura que, al fin y al cabo, es lo nuestro. Pero... Tanto panel, tanta maqueta, para una correción de cinco minutos con nota incluída. ¿Dónde quedan los Wright que, un ratico antes de que venga su cliente, saca una Casa de la Cascada y convence? Nosotros, para muchísimo menos, necesitamos cuatro días con sus noches. O cuatro noches, con sus días.
Ahora estoy sentado frente al ordenador y quizá no debería. Porque, sí, ayer fue la entrega y ahora miso soy un poco más libre, pero sólo un poco, ese es el problema. Esta noche habrá más. Más música de fondo, más bombas, bombas. Más ojos que pican, discusiones constructivas, "méteme la planta en el Pen" o "dáselo a Curro para que lo ponga en el panel"; menos horas de sueño para un cuerpo que, con dormir más de cinco horas, ya comienza a sentirse bien y a conformarse. Eso es malo. Pero es lo que hay.
Y volverán a pasar la una, y las dos y las tres... y un fin de semana, y dos y tres, mientras llega el cuarto y se intuyen el quinto y el sexto, sin amigos, sin fiesta. Al menos, fuera del taller.
Chimbo Bayos - Bombas
Mejor bailar, cantar y proyectar en el taller que hacer sólo eso último y en casita, esa es la filosofía. Filosofía que nace de la idea de que una carrera tan absorbente puede dejarte fácilmente sin amigos. El año pasado era más fácil, el conservatorio me obligaba a estar en contacto con todos aquellos músicos de muy buena gana y el insultantemente mínimo tiempo libre del que disponía era bien empleado por mi parte en una pizquita de vida social. Hoy no tengo ni lo uno ni lo otro. Ni música en mi vida, en virtud de mi decisión de no continuar que, visto lo visto este año, se habría convertido en obligación; ni un rato libre después de las clases, o antes de ellas, o en el transcurso de aquello que sigue llamándose fin de semana pero que podría situarse enmedio, perfectamente.
Este año es diferente.
Y por algo así creo que me gusta eso de ir al taller. Es el pequeño reducto social que, de seguir así las cosas, me va a quedar.
¿Merece la pena? La pregunta suele aparecer, con un pelín de mala leche, en alguna que otra noche de esas que rondamos el taller. Perder cinco años en esto... Bueno, no se pierden, sería injusto para la arquitectura que, al fin y al cabo, es lo nuestro. Pero... Tanto panel, tanta maqueta, para una correción de cinco minutos con nota incluída. ¿Dónde quedan los Wright que, un ratico antes de que venga su cliente, saca una Casa de la Cascada y convence? Nosotros, para muchísimo menos, necesitamos cuatro días con sus noches. O cuatro noches, con sus días.
Ahora estoy sentado frente al ordenador y quizá no debería. Porque, sí, ayer fue la entrega y ahora miso soy un poco más libre, pero sólo un poco, ese es el problema. Esta noche habrá más. Más música de fondo, más bombas, bombas. Más ojos que pican, discusiones constructivas, "méteme la planta en el Pen" o "dáselo a Curro para que lo ponga en el panel"; menos horas de sueño para un cuerpo que, con dormir más de cinco horas, ya comienza a sentirse bien y a conformarse. Eso es malo. Pero es lo que hay.
Y volverán a pasar la una, y las dos y las tres... y un fin de semana, y dos y tres, mientras llega el cuarto y se intuyen el quinto y el sexto, sin amigos, sin fiesta. Al menos, fuera del taller.


